LA VOLUNTAD DE APRENDER


Para no haber sido nunca alguien que pudiera definirse como un profesional, vocacional, de la enseñanza, reconozco que me cuesta dejar de pensar desde ella, desde la profesión docente. Hubo un momento en mi historia como profesor de Secundaria en el que se me hizo urgente y, por lo tanto, relevante la necesidad de concretar qué es eso que denominamos aprender. No deja de ser un síntoma de los males de la educación el que algo, aprender, que es citado continuamente como exigencia y centro nodal del día a día del aula, no encuentre hueco en los temarios de las materias para ser debatido, para buscar una definición precisa que nos acerque a la realidad de eso que decimos tenemos que hacer: el alumnado debe aprender y el profesorado, que se supone que ya sabe, es decir, que ya lo ha aprendido todo, debe forzar o motivar, pues ambas cosas se dicen, a los primeros para que se sacudan la pereza y estudien para cosechar aprobados que serán el testimonio de que han aprendido. Hubo un momento, digo, en el que todos los principios de curso empezaban igual: debatiendo e intentando construir con ese grupo de alumnas y de alumnos que nunca podrán se idénticos a otros grupos qué era eso de aprender y, sobre todo, que les quedara meridianamente clara una cuestión: yo, el profe, también estaba allí para aprender y de hecho si el curso podía merecer una valoración positiva tenía mucho que ver con el hecho de que yo hubiera sido capaz de aprender con el alumnado.

Pero ya no es que no saquemos el tema en el aula para analizarlo los primeros días de clase para que nos pongamos de acuerdo acerca de qué se entiende por aprender. Lo malo de lo más malo es que ni siquiera los docentes lo debatimos entre nosotros aunque sepamos que en un claustro se dan diferentes, y a veces contrapuestas, formas de entender qué es aprender. Cómo vamos a enseñar si no nos atrevemos o no consideramos oportuno reflexionar sobre qué implica aprender. Y dentro de una semana empezará un nuevo curso y sospecho que nada cambiara a este respecto.

No sé si esto lo leerá alguien, pero ayer, enfrascado en la lectura del libro de Marina Garcés, “Ciudad Princesa”, encuentro dos ideas que sé hubiera intentado incorporar a un debate en un claustro, si aún fuera posible debatir en los claustros, sobre lo que entiendo por aprender. Dos citas que, creo, no merecen que me extienda más allá de transcribirlas. Luego, si alguien las lee, tiene la oportunidad de decidir si merece la pena pararse a pensar en lo que pueden decirnos o no. 
La primera: “En el aprendizaje se encuentran la política como transformación, el saber como descubrimiento y la relación con los otros como compromiso. Y en el aprendizaje se encuentran, también, el yo y el nosotros. Siempre es alguien quien aprende. Y siempre es con los otros como aprendemos.” (Pág. 13)

La segunda, y muy importante porque considero que el sistema educativo se hace contra lo que Marina Garcés afirma: “Aprender no es reconocerse en una identidad ya establecida, sino transformarnos juntos a través de la experiencia compartida” (Pág. 40)

Si hoy tuviera que valorar un modo de hacer educación creo que las ideas, los valores, pues lo son, que laten en estas dos citas, serían el criterio para evaluar a ese modo de practicar la educación.

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